6/3/2009 El poeta Marcos Ana relata su dificil adaptación a la vida en libertad tras pasar más de media vida en cárceles franquistas Decidme cómo es un árbol Umbriel-Tabla Rasa Marcos Ana ha reflejado en este libro los recuerdos de su vida. La niñez en su pueblo natal, el compromiso politico, la guerra, la estancia en los penales franquistas por los que pasó, los viajes durante su largo exilio hasta el regreso a España. En esta página se recoge su salida de la cárcel y su primera experiencia amorosa, a los 41 anos. También se ofrece el prologo de José Saramago. MARCOS ANA Fernando Macarro Castillo (este es el verdadero nombre del poeta) nacio en Alconada (Salamanca) en 1920, pero eligio los nombres de sus progenitores, un matrimonio humilde de jornaleros del campo, para firmar sus libros. Desde la adolescencia, en plena Guerra Civil, se entrego al ideal comunista, lo que le costo pasar toda su juventud en las carceles franquistas –23 anos- hasta que salió en libertad.
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Al recobrar la libertad, mi choque con la vida fue lo mas tremendo. Muchas veces, hasta hoy mismo, la gente me pregunta que fue lo mas duro para mi: los veintitres anos de prision, la condena a muerte, la tortura, la separacion de la familia... Yo respondia y respondo siempre con lo mas inesperado: "Lo mas dificil fue la libertad". Me fascinaba sobre todo caminar de noche, mirar al cielo estrellado que durante veintitres anos solo pude ver a traves del pequeno tragaluz de una celda Sabia que el aparato clandestino del partido me sacaria de Espana. A lo unico que me arriesgue fue a llamar a Armando Lopez Salinas. Acudio a la cita con Antonio Ferres El amor lo conocia de oidas solamente. Pase de la adolescencia a la madurez, de los 16 a los 41 anos de golpe, y en ese campo estaba lleno de inhibiciones y complejos Cuando sali de la carcel tuve que iniciar un duro periodo de adaptacion. Me sentia como parachutado en un planeta extrano. Devolvia los alimentos, me mareaba en los vehiculos Cuando sali tuve que iniciar un duro periodo de adaptacion a la vida. Me sentia como parachutado en un planeta extrano. Devolvia los alimentos, me mareaba en los vehiculos, mis ojos enrojecieron, quemados por la luz; me aturdian los espacios abiertos, acostumbrado a las dimensiones cortas y verticales. Nacia a la vida, una vida que tenia que ir descubriendo, casi a tientas, como un recien nacido. En Alcala de Henares habia discurrido mi vida politica durante la guerra y no era lo mas prudente quedarme alli recien salido de la carcel y expuesto a posibles provocaciones. Decidimos que era mas seguro irme a Madrid, a la casa de mi hermano Fabri. Mi hermano estaba casado y con cuatro hijos, a los que tome enseguida gran carino. Tenia una gran ansia de familia, incluso me gustaba ir por las tardes a esperar y recoger a la nina mas pequena, Ana Mari, de cinco o seis anos, a la puerta de su colegio. La primera persona que vi, a excepcion de mi familia, fue al poeta Felix Grande, muy amigo de Jose Luis Gallego, quien le advirtio de mi salida. Fue muy atento conmigo, me llevo a visitar el Museo del Prado y paseamos por Madrid como viejos amigos, aunque acababamos de conocernos. Esos fluidos positivos que algunas veces unen a las personas. No le volvi a ver hasta mi regreso del exilio. No por falta de deseo, sino porque, dada mi situacion tan especial, esperando mi salida de Espana, no queria crearle ningun problema. Hemos comentado muchas veces ese encuentro. Madrid, el Madrid de los sesenta, me causo un gran impacto. No era aquella ciudad bombardeada y oscura que habia dejado veintitres anos antes. Lo que estaba ante mis ojos era una ciudad llena de luz y de vida. Naturalmente, mi conciencia politica y mis informaciones sobre la situacion me permitian comprender que lo que veia era solo la piel reluciente de la ciudad y que debajo de ella hervian graves problemas humanos y sociales. Un dia visite Vallecas, en cuyos arrabales, en esa epoca, habia una concentracion de emigrantes, trabajadores que venian huyendo de la pobreza y el hambre de todas partes de Espana y se hacinaban en centenares de chabolas miserables con improvisados techos de uralita. Era la otra cara del nuevo Madrid que estaba descubriendo. En todos los paises que despues visitaria en mi gira por el mundo, incluso en los mas desarrollados, siempre descubria el rostro desesperado de la pobreza mas extrema, bolsas inmensas de miseria, el contraste brutal entre una riqueza insultante y la depauperacion y el hambre mas indignantes. (...) En medio de tanto asombro y deslumbramiento, las mujeres eran lo que mas fascinacion me producia, pero a la vez lo que mas me intimidaba. Veia pasar una muchacha, me gustaba, y me iba tras ella como un nino tras una golosina, pero no me atrevia a dirigirle la palabra. Era un placer contemplarlas, oir sus voces, observar el ritmo excitante al andar de sus caderas. Las seguia de cerca hasta que desaparecian en un portal o por la boca de un metro. Mi timidez y mi inseguridad no me permitian pasar de ahi.
Me comportaba como un adolescente. Los tres anos antes de ser encarcelado fueron anos de guerra, y anormales, por tanto, para mi. El amor lo conocia de oidas solamente. Pase de la adolescencia a la madurez, de los 16 a los 41 anos de golpe, y en ese campo estaba lleno de inhibiciones y complejos. Una tarde, casi al anochecer, me encontre con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visito alguna vez en la carcel de Porlier. Me invito a dar una vuelta por Madrid y me llevo a conocer algunos cabares que el seguramente frecuentaba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salia un poco chapado a la antigua y me parecia que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente. En un momento, mi amigo miro su reloj y me dijo: "Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me esta haciendo tarde. Dame tu telefono y nos vemos otro dia con mas calma". Le di un numero falso, pues dada mi situacion, pendiente de mi salida clandestina de Espana, no era prudente establecer ninguna relacion. -Esperame un minuto -me dijo antes de marcharse. Se perdio en el fondo del salon y volvio con una muchacha preciosa, a la que llamo Isabel. Sin presentarmela siquiera, le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo: "Toma, para que pases la noche con este amigo". Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no habia ni la mas leve huella de su profesion. Me es muy dificil describir ahora como pase aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quede a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabia como comportarme. Ella me dijo con tono indiferente: "Bueno, vamonos". Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunte: "?Adonde?". "Pues... al hotel". -Pero asi, ?sin apenas conocernos? Me gustaria pasear un poco, saber algo mas de nosotros... Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miro sorprendida. Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, penso que estaba borracho y me devolvio el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tome con mis dos manos la suya: "No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mi todo esto es muy dificil...". Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conte que acababa de salir de la prision, que era un preso politico, que me habian tenido veintitres anos fuera de la vida, que nunca habia estado con una mujer... Entonces, aquella muchacha, un poco extranada, dulcifico su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no se, y me dio una leccion de humanidad, con una ternura y comprension inesperadas. -Bueno, mira, yo crei que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche. Me invito a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la plaza de Espana, y vivi, entre temblores, las escenas mas hermosas e increibles. Despues de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me dijo: "?Nos vamos ya al hotel?". El problema para mi seguia siendo el mismo; era como cruzar un rio desconocido, sin saber nadar, lleno aun de inseguridades. Pero ella, riendose, me decia: "No te hagas problemas, tu no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo". Y nos fuimos al hotel, donde ella vivia en una habitacion alquilada. Todo resulto mas facil de lo que yo temia. El merito fue de ella. Supere mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguio que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada. Despues, en vez de dar "la sesion" por terminada, me pidio que me quedase a dormir con ella. Lo dude un poco: la preocupacion de la familia si no volvia a casa, los policias si notaban mi ausencia... Pero era muy dificil renunciar, me quede y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada. Por la manana me desperto con un beso. Traia una bandeja en sus manos. Habia bajado a la calle a por churros y chocolate, se sento en el borde de la cama y desayunamos juntos. Al despedirnos la estreche con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazon en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca mas. Al llegar a casa encontre a mi hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche fuera. Mi cunada, Lola, que habia tomado mi chaqueta para cepillarla, saco de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me pregunto: "?Que tienes aqui, Fernando?". Tome el papel, en el que venia enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequena nota que decia: "Para que vuelvas esta noche". Al leer aquellas palabras, que me parecia oirlas de su propia voz, volvio a mi la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eche a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abririan hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro. Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asalto un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me lleno de confusion y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al volver y "comprar su cuerpo" con aquel dinero, que ademas era suyo, seria como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aun mas, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que queria y debia conservar con toda su pureza y su ternura. Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginacion se encendia recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pase por delante de una floristeria y casi sin pensarlo, con un impulso instintivo, entre y le dije a la vendedora: "Pongame quinientas pesetas de flores". La mujer me miro sorprendida: "?Quinientas pesetas?". -Si, si, quinientas pesetas, escojame las mejores flores. Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquideas con las magnolias y las rosas. Me parecia inadecuado, ridiculo sobre todo, llevarselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecerselo en aquel ambiente. Tome un taxi, me dirigi al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y deje en la recepcion el ramo de flores y una sencilla nota que decia: "Para Isabel, mi primer amor". | 5/9/2009 MUJERES
Divago
Se nos asignan días diversos - de la mujer, de la madre, de la secreteria, etc... – días, en general, creados por los fenicios mercaderes, manipuladores de sentimientos, impulsores e incentivadores del consumismo compulsivo. Mañana se celebrará en el mundo el día de la madre. Más yo digo, casi todas hemos sido madres y las que no, procedemos de una de ellas... mujer. Cada día hay miles de mujeres pariendo hijos por todos los rincones de este planeta Cada día es, por ende, el día de nosotras las mujeres-madres No necesitamos una especial fecha para sentirnos queridas … por nuestros seres queridos. Ah! .. y menos aún que nos usen para engrosar las faltriqueras de aquellos rapaces mercaderes. Les dejo un regalo – lleno de sensibilidad – que lo pueden gozar el dia que se les de la gana. Un abrazo … sin distinción de género
L’Anna, que perdida en el tráfago ha andado …
| El Museo Reina Sofia ya ha escogido que grabados de Goya pedira al Museo del Prado para incorporarlos a la coleccion permanente del centro de arte moderno en regimen de prestamo. En total, suman 12 estampas procedentes de las series de Los caprichos (siete), Los desastres de la Guerra (cuatro) y Los disparates (uno). Las obras se iran rotando cada tres meses en tandas de seis para que los delicados papeles no sufran el deterioro causado por la iluminacion. Aqui los dejo para que los gocen, ya que so una gran cronica de su epoca, ironicos y de una critica feroz, con escenas tan macabras y salvajes que ni antes y seguramente tampoco despues han sido reflejadas con tanta crudeza. LOS CAPRICHOS. (7)
La serie de los Caprichos esta compuesta por ochenta estampas publicadas en 1799. Estan consideradas como un hito en la transicion del arte del Antiguo Regimen al arte contemporaneo. Abordan dos temas centrales: el cortejo y la prostitucion, por un lado, y la brujeria.
"El si pronuncian y la mano alargan al primero que llega" En la imagen, Capricho numero 2 (1799). Aguafuerte y aguatinta brunida. 215 x 150 mm.
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Los Chinchillas Capricho numero 50. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 152 mm. | "Si sabra mas el discipulo" Capricho numero 37. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 152 mm. | "Nadie se conoce" Capricho numero 6. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 153 mm. | "El sueno de la razon produce monstruos" Capricho numero 43. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 152 mm. Es quiza el capricho mas celebre de Goya, una advertencia sobre los excesos de la Ilustracion. |
"Hasta la muerte" Capricho numero 55. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 152 mm. | "No hubo remedio" Capricho numero 24. 1799. Aguafuerte y aguatinta brunida; 219 x 152 mm. |
LOS DESASTRES. (4)
El salvajismo de la Guerra de la Independencia centra la serie Los desastres de la guerra, integrada por 82 estampas, las primeras fechadas en 1810 y las ultimas, en 1815. Goya describe con toda crudeza el bano de sangre que sufrio la poblacion. En la imagen "Para eso habeis nacido" Desastre numero 12. Aguafuerte, punta seca, buril y lavis brunido | "Tan poco" Desastre numero 36. Aguafuerte, punta seca, buril y lavis brunido |
"?Que alboroto es este?" Desastre numero 65. Aguafuerte, punta seca, buril y lavis brunido | | "Enterrar y callar" Desastre numero 18. Realizada entre 1810 y 1815, publicada en 1863. Aguafuerte, punta seca, buril y lavis brunido; 163 x 237 mm. | | LOS DISPARATES (1) "Carnaval" | 4/7/2009 Reflotando 
La Llegada de lo Blanco
Artista: Patricia Israel Fecha Inicio: Jueves, 24 de Septiembre de 1992 Exposicion en Sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes, hasta el 18 de Octubre. El tema que enfrenta a la problematica del “encuentro de dos mundos” o el “ descubrimiento de America” abordado por variedad de artistas de los cuales cito a las chilenas Patricia Figueroa (serie buscando a America, Tierra Firme, Homenaje a America); Patricia Israel (La Llegada de lo blanco); junto con el ecuatoriano Nelson Roman (Enfrentamiento entre el indigena y el espanol), entre otros. Pareciera que nos referimos a una materia repetida, pero sin duda existe la posibilidad concreta de desarrollar otro aspecto de esta tematica entregando nuevos resultados ya que cada artista posee su propia individualidad dada por su experiencia de vida. Precisamente la vivencia de un viaje a Europa desencadeno un nuevo sentir por la America Latina, aspecto que se hace latente al decir que se es chileno y se es latinoamericano, es decir, un sentir por lo que uno es, por nuestro lugar de arraigo y por consiguiente con nuestra historia. Todo esto es de gran importancia, pero ademas un artista debe tener una vision actualizada en que : “ La identidad no tiene sentido sino se enfrenta y va asociada a las diferencias del pasado y el porvenir” , lo que nos conduce hacia un rol en que el artista exprese y exteriorice su identidad cultural y nacional, con un enfoque globalizador. Para tal efecto hablo de transculturacion ya que en esta palabra esta la clave para descubrir, no tanto lo que somos, sino como somos y seremos como cultura “Para bien o para mal nuestros paises son el producto de un gigantesco proceso de transculturacion que por sus mismas dimensiones llega hasta nuestros dias sin terminar” . Aqui una pequena parte de una gigantesca obra realizada por Patricia Israel al conmemorarse los 500 anos de "La llegada de lo blanco" a nuestro Continente La llegada de lo Blanco
La 1? mirada de asombro
noche de octubre 1492 antes los tuvieron por venidos del cielo ..
en busca de las indias
procer anonima Patricia nace en Temuco., Chile el ano 1939. Desde 1953 a 1957 realizo estudios artisticos en la Academia de Escultura del maestro Totila Albert. Estudio pintura y grabado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile donde fue alumna de Augusto Eguiluz, Gustavo Carrasco, Jose Balmes, Alberto Perez y Eduardo Martinez Bonati. Egreso de la Universidad de Chile en 1962. Vivio en Argentina y Venezuela durante los anos 1974 y 1980; en este ultimo pais recibio gran acogida llegando a integrar el circulo local de artistas y a exponer por mas de cinco anos. Trabaja el oleo, el acrilico y tecnicas mixtas. Concibe la pintura como una practica intuitiva, de gran libertad expresiva donde convergen todas las areas del saber junto a sus propios intereses. Sobre su quehacer ha expresado: “La belleza va mas alla del color, la materia y las formas. La belleza esta en el amor, en la justicia en el respeto a la naturaleza. Creo que eso es lo que hace que me salga asi. Un poder de sintesis donde se dice todo”. A su natural talento creativo se unen un oficio riguroso, su gran conocimiento de las tecnicas tradicionales de la pintura y su dominio de la composicion y el color. Por medio de una figuracion propia y reconocible, ha abordado temas americanistas, sociopoliticos, memorias de sus propias vivencias y escenas inspiradas en sus lecturas sobre historia, arqueologia y filosofia contemporanea. En ocasiones sus criticas surten efecto en virtud de grandes dosis de ironia y fino humor negro, tal como lo demuestra la serie de pinturas que realizo en 1992, - "LA LLEGADA DE LO BLANCO" - ano en que se conmemoro los 500 anos del descubrimiento de America. De este modo, sus obras cobran un caracter emblematico que parece surgido de la conciencia colectiva. Hija de inmigrantes judios, con antepasados griegos, espanoles y rusos, Patricia Israel asume tambien su condicion de mujer, de chilena y de latinoamericana para elevar la voz contra las manifestaciones de la crueldad y el crimen en la historia de la humanidad, por medio del lenguaje del arte. Se ha desempenado como profesora de Artes Graficas en la Universidad Catolica y de la Universidad Finis Terrae desde fines de la decada del ochenta. Entre los hitos de su carrera figura como la primera mujer ganadora de la Bienal de Valparaiso. Por su indiscutible talento y aporte a la cultura y a las artes, es una de las artistas mas respetadas del ambiente artistico nacional. Vista Consulta Biografica – Museo Nacional de Bellas Artes. MAS DE SUS OBRA autorretrato cabeza de pescado manuel rodriguez aphrodisia con el deslizarse sin cicatrices la novia marina (mural, oleo 190 x 320, Valparaiso/Chile)
la pata y yo .. gran amiga, mejor creadora, incansable luchadora. 3/21/2009 | Pablo Neruda  ODA A LA CRITICA Yo escribi cinco versos: uno verde, otro era un pan redondo, el tercero una casa levantandose, el cuarto era un anillo, el quinto verso era corto como un relampago y al escribirlo me dejo en la razon su quemadura. Y bien, los hombres, las mujeres, vinieron y tomaron la sencilla materia, brizna, viento, fulgor, barro, madera y con tan poca cosa construyeron paredes, pisos, suenos, En una linea de mi poesia secaron ropa al viento. Comieron mis palabras, las guardaron junto a la cabecera, vivieron con un verso, con la luz que salio de mi costado. Entonces, llego un critico mudo y otro lleno de lenguas, y otros, otros llegaron ciegos o llenos de ojos, elegantes algunos como claveles con zapatos rojos, otros estrictamente vestidos de cadaveres, algunos partidarios del rey y su elevada monarquia, otros se habian enredado en la frente de Marx y pataleaban en su barba, otros eran ingleses, y entre todos se lanzaron con dientes y cuchillos, con diccionarios y otras armas negras, con citas respetables, se lanzaron a distupar mi pobre poesia a las sencillas gentes que la amaban: y la hicieron embudos, la enrollaron, la sujetaron con cien alfileres, la cubrieron con polvo de esqueleto, la llenaron de tinta, la escupieron con suave benignidad de gatos, la destinaron a envolver relojes, la protegieron y la condenaron, le arrimaron petroleo, le dedicaron humedos tratados, la cocieron con leche, le agregaron pequenas piedrecitas, fueron borrandole vocales, fueron matandole silabas y suspiros, la arrugaron e hicieron un pequeno paquete que destinaron cuidadosamente a sus desvanes, a sus cementerios, luego se retiraron uno a uno enfurecidos hasta la locura. Porque no fui bastante popular para ellos o impregnados de dulce menosprecio por mi ordinaria falta de tinieblas, se retiraron todos y entonces, otra vez, junto a mi poesia volvieron a vivir mujeres y hombres, que hicieron fuego, construyeron casas, comieron pan, se repartieron la luz y en el amor unieron relampago y anillo. Y ahora, perdonadme, senores, que interrumpa este cuento que les estoy contando y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla. ***** Konstantino Kavafis (1863-1933)  VUELVE Vuelve otra vez y tomame, amada sensacion retorna y tomame - cuando la memoria del cuerpo se despierta, y un antiguo deseo atraviesa la sangre; cuando los labios y la piel recuerdan, cuando las manos sienten que aun te tocan. Vuelve otra vez y tomame en la noche, cuando los labios y la piel recuerdan.... ***** JACQUES PREVERT Francia (1900-1977)  PARA HACER EL RETRATO DE UN PAJARO Pintar primero una jaula con la puerta abierta pintar despues algo bonito algo simple, algo bello, algo util para el pajaro. Apoyar despues la tela contra un arbol En un jardin en un soto o en un bosque esconderse tras el arbol Sin decir nada, sin moverse A veces el pajaro llega enseguida Pero puede tardar anos antes de decidirse. No hay que desanimarse Hay que esperar Esperar si es necesario durante anos La celeridad o la tardanza En la llegada del pajaro No tiene nada que ver Con la calidad del cuadro. Cuando el pajaro llega, si llega observar el mas profundo silencio esperar que el pajaro entre en la jaula y una vez que haya entrado cerrar suavemente la puerta con el pincel. Despues borrar uno a uno todos los barrotes cuidando de no tocar ninguna pluma del pajaro. Hacer acto seguido, el retrato del arbol, escogiendo la rama mas bella para el pajaro, Pintar tambien el verde follaje Y la frescura del viento, El polvillo del sol y el ruido de los bichos de la hierva en el calor estival y despues esperar que el pajaro se decida a cantar. Si el pajaro no canta, mala senal, Senal de que el cuadro es malo, Pero si canta es buena senal, Senal de que podeis firmar. Entonces arrancadle delicadamente una pluma al pajaro Y escribid vuestro nombre En un angulo del cuadro. ***** Saludos poeticos ... | 2/4/2009 | De: Un tal Lucas / Amor 77 Y despues de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y asi progresivamente van volviendo a ser lo que no son. | 1/4/2009 Que la vida los colme el 2009 
"...La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por
arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo
será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una
única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos
nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente
del pasado milenio.
Aunque
no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el
derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las
Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero
la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver,
oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado
derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar
los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:
el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;
en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;
la
gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la
computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por
el televisor;
el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;
la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;
se
incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen
quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás,
como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber
que juega;
en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;
los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;
los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;
los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;
los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;
la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;
la
muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni
por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;
nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;
el
mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza,
y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;
la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;
nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;
los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;
los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;
la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;
la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;
la
justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas,
volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;
una
mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será
presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará
Guatemala y otra, Perú;
en Argentina, las locas de Plaza de Mayo
serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en
los tiempos de la amnesia obligatoria;
la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;
la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;
serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;
los
desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque
ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se
perdieron de tanto buscar;
seremos compatriotas y contemporáneos
de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza,
hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin
que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;
la
perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en
este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la
última y cada día como si fuera el primero."
11/19/2008
El gato negro*
 Edgar Allan Poe * Traducción de Julio
Cortázar
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me
dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan
su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.
Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato
consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una
serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han
aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré
explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos
espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya
inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más
serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y
efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La
ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en
objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y
mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte
del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los
acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la
virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos
que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan
que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución
que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega
directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad
y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis
preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía
oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros,
peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro
y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en
el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia
popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero
decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de
recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi
camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me
costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al
confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa
del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico,
irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar
descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis
favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo
los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo,
conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que
hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos
por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba
-pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón,
que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de
mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo
alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la
mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía.
Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más
que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.
Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al
pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.
Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los
vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el
remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo,
no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy
pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba
el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se
paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía
aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para
sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me
había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la
irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el
espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y,
sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad
es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades
primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del
hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que
cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía
cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta
descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la
Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como
he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse
a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me
incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a
la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el
pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas
manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo
ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no
me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si
ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios
más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron
gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la
casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi
mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se
perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto
entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de
hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del
incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían
desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor,
situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera
de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que
atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a
la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención
y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi
curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un
bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una
nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del
animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí
dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda.
Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al
producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el
jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la
ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad
contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas
y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia,
sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación.
Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese
tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al
remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en
los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y
apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que
infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles
de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos
minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido
antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la
mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual
a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo,
mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le
cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se
frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de
encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su
compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo
había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal
pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y
otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a
ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era
exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir
cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba.
Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la
amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el
recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas
semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero
gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir
en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana
siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era
tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer,
quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que
alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más
simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión.
Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis
rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre
mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas
en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba
aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer
crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor
al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me
sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de
reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de
reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era
intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir.
Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha
blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el
extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha,
aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero
gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo
tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de
rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por
ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz
de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la
imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de
la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que
una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era
capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y
semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del
reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche,
despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente
aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la
que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba
de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más
tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor
creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la
entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la
habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega
cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la
vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió
mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo,
lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia
los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un
golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero
la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención
a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la
cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre
fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa,
tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me
observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en
descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba
en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo
del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y
llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo
que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano,
tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco
resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad
de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía
la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de
manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar
los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes,
de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de
una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared
interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en
su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un
enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo
enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La
pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el
menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí,
por lo menos, no he trabajado en vano".
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta
desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el
gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo
visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de
cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible
describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la
detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por
primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente;
sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más
respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para
siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la
culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas
averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una
perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi
tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente
y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo
era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que
los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final,
por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un
solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la
inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos
sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban
completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón
era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos,
una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro
mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de
cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida...
(En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba
cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas
paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el
bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había
cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba.
Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño,
que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo
alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de
horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la
garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la
condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui
tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la
escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos
atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y
manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores.
Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba
agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya
voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la
tumba!
9/16/2008 De "Canto General" / Pablo Neruda  Amor América Antes de la peluca y la casaca fueron los ríos, ríos arteriales, fueron las cordilleras, en cuya onda raída el cóndor o la nieve parecían inmóviles: fue la humedad y la espesura, el trueno sin nombre todavía, las pampas planetarias. El hombre tierra fue, vasija, párpado del barro trémulo, forma de la arcilla, fue cántaro caribe, piedra chibcha, copa imperial o sílice araucana. Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura de su arma de cristal humedecido, las iniciales de la tierra estaban escritas. Nadie pudo recordarlas después: el viento las olvidó, el idioma del agua fue enterrado, las claves se perdieron o se inundaron de silencio o sangre. No se perdió la vida, hermanos pastorales. Pero como una rosa salvaje cayo una gota roja en la espesura y se apagó una lámpara de tierra. Yo estoy aquí para contar la historia. Desde la paz del búfalo hasta las azotadas arenas de la tierra final, en las espumas acumuladas de la luz antártica, y por las madrigueras despernadas de la sombría paz venezolana, te busque, padre mío, joven guerrero de tiniebla y cobre o tú, planta nupcial, cabellera indomable, madre caimán, metálica paloma. Yo, incásico del légamo, toqué la piedra y dije: ¿Quién me espera? Y apreté la mano sobre un puñado de cristal vacío. Pero anduve entre flores zapotecas y dulce era la luz como un venado, y era la sombra como un párpado verde. Tierra mía sin nombre, sin América, estambre equinoccial, lanza de púrpura, tu aroma me trepó por las raíces hasta la copa que bebía, hasta la más delgada palabra aún no nacida de mi boca.  Canto General es un libro monumental, imponente, en el que Pablo Neruda desplegó una lenta y fecunda elaboración. Así surgió en su obra la más grande epopeya lírica donde el poeta denuncia acremente a los traidores de América, evoca la esperanza liberadora y postula una poesía al servicio del pueblo Obra majestuosa atravesada por cuatro estéticas: la poética, la épica, la satírica y la dramática: del compromiso personal al amor hacia la naturaleza y la mujer; de la hipérbole enfurecida hacia los adversarios políticos hasta la más sublime tensión del lenguaje en "Alturas de Machu Picchu" o "La arena traicionada". Himno telúrico; biografía del continente americano; paisaje humano y natural -cordillera, bosque, océano- de una sangre y una herencia históricas; cima de la poesía de nuestro tiempo; oda de amor a la tierra escrita en la clandestinidad; canto épico de un fugitivo a sus compatriotas de la Patria Grande; fraterno abrazo y emoción certera que hizo expresar al poeta: "América, no invoco tu nombre en vano": todo esto es apenas un aliento del Canto general. Y también es la lectura efervescente que, resistiendo los embates del siglo XXI, sabe recuperar aquella intención social, ética y política que mejor retrata a Pablo Neruda. | 9/14/2008 |
 Tyger, tyger burning bright ... (William Blake) El Oro de los Tigres Hasta la hora del ocaso amarillo Cuántas veces habré mirado Al poderoso tigre de Bengala Ir y venir por el predestinado camino Detrás de los barrotes de hierro, Sin sospechar que eran su cárcel. Después vendrían otros tigres, El tigre de fuego de Blake; Después vendrían otros oros, El metal amoroso que era Zeus, El anillo que cada nueve noches* Engendra nueve anillos y estos, nueve, Y no hay un fin. Con los años fueron dejándome Los otros hermosos colores Y ahora sólo me quedan La vaga luz, la inextricable sombra Y el oro del principio. Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores Del mito y de la épica, Oh un oro más precioso, tu cabello Que ansían estas manos. ***** *Para "El anillo de las nueve noches", el curioso lector puede interrogar el capítulo 49 de la Edad Menor, el hombre del anillo era Draupnir. "El Oro de los Tigres" En: Obras Completas. Buenos Aires, Emecé,1989, Vol. II, pág. 517. |
9/11/2008 Arte y locura Una de las exigencias solicitada por la genialidad artística es la diferencia: nos atrae aquella mirada inédita capaz de ofrecernos la constatación de nuestras intuiciones sobre una realidad de sobra asimilada como conocida. Será el artista el gurú mediador en este proceso, un papel que le obligará a bucear en lo más profundo de la sociedad y las pulsiones humanas forzando una vida que habrá de desviarse del camino marcado por la normalidad. Y es que no puede esperarse de un genio que, además de todo, sea corriente. Algo de lo que era perfectamente consciente Dalí, el rey del arte de la auto-promoción, mientras paseaba por el mundo al desequilibrado personaje encarnado en su propia figura. En este caso, su extravagancia fue un medio de publicidad; existen muchos otros, sin embargo, que no sólo caminaron por los bordes de la locura, sino que cayeron de lleno en ella. - El Bosco
Si existe en la Historia del Arte un pintor de la locura, tan sólo superado muchos siglos después por Bacon, ése es Hieronymus Bosch, llamado "El Bosco" en atención a su procedencia. Los datos que poseemos relativos a su vida desmienten una enfermedad, sin embargo sus obras están plagadas de seres que han descendido a los infiernos y poseen toda la agitación del desequilibrio, un estado emocional que el flamenco consigue transmitir con una impresionante facilidad, no exenta de un avanzado surrealismo. La dicotomía es una constante en unas creaciones fruto de la época que le tocará vivir, donde la idea de la condenación, y por añadidura de la redención, aún continuaba estando muy presente en un imaginario colectivo gestado al calor de la superstición y el miedo. -
Van Gogh Y, si hablamos de locura, es imposible no citar al más famoso de todos los pintores aquejados de una enfermedad mental, cuya patología alcanzará tal punto que su recuerdo ha llegado hasta la actualidad asociado al sobrenombre de "El loco del pelo rojo": Vicent van Gogh. Su inestabilidad queda ya patente desde sus primeros años de juventud, un camino que finalizará con el trágico corte de una oreja tras una fuerte discusión con Gauguin, el encierro posterior en diversos sanatorios y su suicidio a la prematura edad de 37 años, final tan sólo retrasado por la influencia y ayuda que durante toda su vida recibirá de su hermano Theo. Sus obras son un canto, a pesar de todo, al color y la vitalidad, un optimismo extraño si se analiza su atormentada existencia: Van Gogh utilizaba la pintura para alejar sus demonios, transformando en un mundo mucho más habitable una realidad que él percibía y exorcizaba, artísticamente hablando, "con las tripas". Es posible que, en este caso, la pintura fuera para él una terapia con la que controlar lo que sentía como incontrolable; un legado que aún pervive en el sanatorio arlesiano de Saint-Rémy-de-Provence, uno de los casi últimos testigos de su genialidad donde llegará a desarrollar una prolificidad inquietante. -
Camille Claudel Treinta años es el periodo que la escultora sufrió encerrada en un manicomio, destino al que será enviada por su familia, a raíz de sus múltiples crisis nerviosas, una vez muerto su padre, único opositor al internamiento. Unos síntomas que coincidirán con los comienzos de su éxito como artista y a los que posiblemente se verá abocada por culpa de las infidelidades de Rodin, amante y mentor durante quince años, del compositor Debussy y la incomprensión de sus parientes más cercanos. Su inestabilidad la llevará finalmente a sufrir de manía persecutoria y delirios de grandeza, un final para una mujer que tuvo una vida artística a la sombra del nombre de un escultor famoso y a la que su familia encerró en una jaula solitaria abocándola a la locura. -
Salvador Dalí No puede decirse que el surrealismo fuera un arte ni al servicio de la normalidad ni fruto de una experiencia corriente, sin embargo el caso de Dalí no hace honor en realidad a la locura apreciable en la pintura del inconsciente. Megalómano y con un fuerte olfato comercial, potenciado por una Gala de una fortísima personalidad, Salvador creará su propia imagen de marca: la genialidad producto de la locura. Dálí fue perfectamente consciente de que una existencia diferente, alejada de los cánones marcados y que poseyera esa esencia cuasimística otorgada al genio, al loco y al profeta, era necesaria para convertirle en una leyenda. Y se puso a ello con tal ahínco que llegó incluso a crear una especie de patología propia dentro de la que encasillar sus "rarezas" en la forma del método paranoico-crítico. Para muchos fue un loco, un visionario y un genio para los más, pero lo que sí es cierto es que su vida no pudo haber discurrido por otros derroteros que la falta de normalidad si se tienen en cuenta sus antecedentes familiares, tan peculiares como para que ya desde niño sus padres la inculcarán su estado de reencarnación viviente de su hermano muerto.
| 9/5/2008 Que lo disfruten !!! | Nido de avispas Agatha Christie John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo. Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba. -¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot! En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective. -¡Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda? -¡Me siento encantado -aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo. Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas. -Gracias -repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre-. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no -su voz se hizo plañidera mientras le servían-. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor. -¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. ¿Es un viaje de placer? -No, mon ami; negocios. -¿Negocios? ¿En este apartado rincón? Poirot asintió gravemente. -Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas. Harrison se rió. -Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar. -Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas. Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia. -¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave? -Uno de los más graves delitos. -¿Acaso un ...? -Asesinato -completó Poirot. Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular: -No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí. -No -dijo Poirot-. No es posible que lo sepa. -¿Quién es? -De momento, nadie. -¿Qué? -Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado. -Veamos, eso suena a tontería. -En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse. Harrison lo miró incrédulo. -¿Habla usted en serio, monsieur Poirot? -Sí, hablo en serio. -¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo! Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo: -A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami. -¿Usted y yo? -Usted y yo. Necesitaré su cooperación. -¿Esa es la razón de su visita? Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud. -Vine, monsieur Harrison, porque ... me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye? El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo: -Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido. -¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Y cómo piensa hacerlo? -Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío. -Hay otro sistema, ¿no? -preguntó Poirot-. Por ejemplo, cianuro de potasio. Harrison alzó la vista sorprendido. -¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas. Poirot asintió. -Sí; es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal. -Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio. -¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo? -¡Segurísimo. ¿Por qué? -¡Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton. Harrison enarcó las cejas. -¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin. Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar: -¿Le gusta Langton? La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto. -¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme? -Mera divagación -repuso Poirot-. ¿Y usted es de su gusto? Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta. -¿Puede decirme si usted es de su gusto? -¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento. -Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted. Harrison asintió con la cabeza. -Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado? -Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio. -¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido. -No lo comprendo, monsieur Poirot. La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder: -Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado. -¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió. -Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca. -Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado. Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie. -¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca. -La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas. Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño. -¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas? -Langton jamás... -¿A qué hora? -lo atajó. -A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás... -¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirlo Poirot. Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro. -No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve. Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra: -Sé lo que va a decirme: "Langton jamás...", etcétera. ¡Me aburre su "Langton jamás"! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses! No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez. -Unos tres cuartos de hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa. Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto. Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad. Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot. -¡Ah...! ¡Oh...! Buenas noches. -Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted? El joven lo miró inquisitivo. -Ignoro a qué se refiere -dijo. -¿Ha destruido ya el nido de avispas? -No. -¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues? -He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo. -Me traen asuntos profesionales. -Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme. Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido. -Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos! Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot. -¡Ah, mon ami! -exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra? Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió: -¿Qué ha dicho? -Le he preguntado cómo se encuentra. -Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no? -¿No siente ningún malestar? Eso es bueno. -¿Malestar? ¿Por qué? -Por el carbonato sódico. Harrison alzó la cabeza. -¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso? Poirot se excusó. -Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos. -¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso? Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños. -Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana. Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados. -Es muy peligroso -murmuró- llevarlos sueltos. Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado. Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico. -Una muerte muy rápida -dijo. Harrison pareció encontrar su voz. -¿Qué sabe usted? -Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario. -Siga. -Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor. -Siga. -Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no? -Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo. -Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo. -Siga -apremió Harrison. -No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado. -¿Por qué vino? -gritó Harrison-. ¡Ojalá no hubiera venido! -Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia. -¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir! -No -la voz de Poirot sonó claramente aguda-. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan. Harrison gimió al repetir: -¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido! -Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese? Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo: -Fue una suerte que viniera usted. | 9/2/2008 Amigos? Si vas a invitarme a tu lista de amigos -por favor - formúlate a ti mismo las siguientes preguntas... | ¿Te interesa algo de lo que digo? | -
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